(El guión de cine y los prejuicios 5)
En el capítulo anterior hablé del prejuicio que nos lleva a imaginar a un hombre cuando leemos un texto con un protagonista indeterminado, cuya identidad sexual no ha sido definida. Por ejemplo en una frase como “Caminé durante media hora y vi la casa”.
En vez de llamarlo prejuicio, podemos llamar a esa reacción espontánea “intuición”.
El concepto de “intuición” se emplea de una manera muy específica en filosofía (desde Descartes a Husserl), pero aquí me refiero tan sólo al sentido que se le da en la vida cotidiana. La intuición, entendida en este sentido, se refiere a una especie de conocimiento más o menos instantáneo que tenemos de algo acerca de lo que no hemos tenido tiempo para reflexionar de manera razonada y razonable.
En muchos contextos, la intuición tiene un sentido casi mágico, que se refiere a algo que está más allá de lo mecánico, de lo intelectualizado, algo puramente espontáneo, natural e incontaminado.
Sin embargo, la intuición es precisamente lo contrario, porque el intuitivo es el comportamiento más automatizado que existe (aparte del biológicamente instintivo).
Vemos a alguien y nos cae bien al instante. Intuición pura.
Pero no se trata de magia, o “química”, o “buenas vibraciones”, sino que suele haber una razón para ello, una razón que en ese momento a nosotros se nos escapa, pero que puede ser tan sencilla como que esa persona tenga una sonrisa sincera.
En efecto, resulta que los músculos de la cara que se ponen en funcionamiento cuando reímos de manera sincera son distintos a los que se activan cuando lo hacemos de manera fingida. Aunque no seamos conscientes de ello, casi todos somos capaces de distinguir a primera vista una sonrisa sincera de una fingida. Esa es una de las razones por las que métodos actorales como los de Stanislavsky, en los que el actor intenta interiorizar psicológicamente la situación dramática, tienen una justificación.

A pesar de que esos métodos a veces caen en la parodia y la caricatura y los actores sufren ataques de pánnico o de llanto o de risa que les impiden manejar al personaje, y se convierten en esclavos de la emoción, también es cierto que pueden sonreír o reír de manera más creíble si de verdad sienten ganas de sonreír o reír. Por eso resultan tan falsos los actores que, pese a su gran técnica, sólo repiten los movimientos mecánicos de la sonrisa y la risa, que inevitablemente parecerá falsa.
Yo tenía un amigo que detectaba a distancia, de manera intuitiva, a la gente violenta. Me decía: “Cuidado con ese que viene por ahí”, y cuando nos cruzábamos con el, efectivamente, estallaba un conflicto. En una ocasión, juro que no miento, uno de estos tipos problemáticos a distancia le pego un navajazo en el estómago a mi amigo sin mediar palabra.
Así que pareció confirmarse ese día que mi amigo tenía una intuición asombrosa. El único problema es que estos conflictos siempre tenían lugar cuando estaba él, pero a mí nunca me pasaba nada si iba solo o con otras personas, por lo que es muy probable que no se tratara de intuición sino de gestos casi inadvertidos, pero no ya de los “tipos violentos”, sino los de mi propio amigo, de su mirada chulesca o desafiante. Uno de mejores consejos ante personas violentas es no mirarlas con descaro ni sostenerles la mirada. Es algo que saben los lobos, que bajan la mirada ante el jefe de la manada y así evitan ser castigados (hay otras situaciones, sin embargo, en las que sostener la mirada es preferible, por ejemplo ante un tigre: hay que retroceder poco a poco sin darse la vuelta ni dejar de mirarle).
Los espías y los actores, en cualquier caso, tienen que ser capaces de sentir de algún modo lo que finjen para no ser descubiertos como impostores. Las personas que pertenecen a una secta o que tienen una personalidad de “iluminados” pueden ser reconicidas con cierta facilidad: a pesar de mover la cabeza o de referirse a objetos que sostienen en la mano mantienen los ojos muy abiertos y la mirada fija en su interlocutor, como si quisieran hipnotizarle a la manera de las serpientes. Lo hacen de una manera que resulta tan evidente que a un actor le resulta muy sencillo imitarlos.
Otra razón por la que alguien a quien no conocemos nos cae bien a primera vista es simplemente porque nos recuerda a alguien que nos cae bien, a lo mejor porque se llama igual, o porque tiene una mirada parecida, o una nariz similar, o porque viste de negro.
Del mismo modo, reaccionamos de manera intuitiva hacia quienes nos disgustan.
Una vez producida la reacción intuitiva, buscamos las razones para justificarla, que son casi siempre diferentes de las verdaderas razones.
En una ocasión mi profesora de claqué sintió un rechazo intuitivo hacia una amiga mía y lo justificó diciendo que era porque mi amiga se parecía a la novia de su hermano (que al parecer le caía muy mal) y porque, además, mi amiga compartía el mismo signo zodiacal que la novia del hermano.
Como es obvio, lo primero que sintió mi profesora fue un rechazo instintivo hacia mi amiga (tal vez porque era mi novia), y enseguida su cerebro le dio razones para justificar ese rechazo.
La fuerza de los prejuicios intuitivos
Nuestro cerebro siempre busca relaciones entre lo que percibimos y lo que hemos percibido en el pasado. A veces esa relación (“llevar una corbata roja”) viene primero, pero otras veces lo primero es el rechazo (“llega un rival en mi departamento”).
Sea como sea, detrás la intuición están sentimientos tan básicos como el racismo, las manías y las antipatías irracionales.
Hace ochenta años a casi todos los blancos les desagradaban o les parecían inferiores los negros, “de una manera intuitiva”.
No hay que viajar al Estados Unidos del siglo XX para comprobarlo, basta con leer libros de casi cualquier escritor, como Borges, incluso en los años 30 y 50 del siglo pasado:
«Por supuesto que resultan insoportables los negros [...] no me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos»
El racista no piensa que tiene un prejuicio, sino que cree que su intuición le está hablando con toda claridad acerca de esa persona que le molesta, asusta, desagrada. Y suelen confirmarla incluso cuando observan: miran y ven que no hay ningún presidente negro en Estados Unidos…
Pero ahora ya lo hay, con lo que es muy posible que muchas ideas y percepciones “intuitivas” acerca de los negros cambien radicalmente en los próximos años.
Pero, al igual que le sucedía a mi amigo con las personas violentas, su intuición o prejuicio suele ser confirmada, porque acaba siempre teniendo problemas con esas personas a las que detesta. Hayakawa hace un análisis muy interesante de cómo encontramos en el mundo exterior los prejuicios e intuiciones de nuestro mundo interior y cómo no sólo los racistas, sino también sus víctimas acaban adaptándose al prejuicio y contribuyen a “confirmarlo”.
Intuición y narrativa
La intuición, simplemente, busca en nuestra mente una explicación, la más rápida posible, porque queremos explicárnoslo todo. Necesitamos la explicación y la narratividad.
El espectador también necesita explicaciones, porque nada más sentarse en la butaca del cine o en el salón de su casa empieza a teorizar, a poner en marcha su máquina de intuiciones, de códigos aprendidos y de prejuicios. Lo hace desde el momento mismo en que se inicia la película, e incluso antes (como explico en el capítulo “Antes del principio siempre hay algo”, de Las paradojas del guionista).
Ese deseo de explicaciones, esa búsqueda de sentido que el ser humano persigue, como muestra Victor Frakl en El hombre a la búsqueda del sentido es lo que hace posible la narrativa y el gusto que nos da que nos cuenten historias.
A menudo se ha investigado por qué razón la forma narrativa tradicional es la que más nos seduce, frente a otras formas “menos narrativas”, como son la categórica, la asociativa o la abstracta.
La forma narrativa pura nos ofrece un planteamiento, un desarrollo y un desenlace claros, y unos personajes que se mueven a partir de causas y efectos: desean algo, lo persiguen, encuentran un obstáculo, lo pierden o lo obtienen. Esas estructuras se repiten una y otra vez y hacen que el espectador pueda poner a pleno funcionamiuento su fábrica de intuiciones, instintos, prejuicios y códigos aprendidos en otras narraciones similares
Eso ha hecho pensar a algunos estudiosos que existe una narratividad innata, algo así como la gramática innata que postula Noam Chomsky, pero con estructuras aún más complejas.
Contínuamente aceptamos sin saberlo códigos, códigos que el cine y la televisión nos han enseñado sin que seamos conscientes de ello. Nosotros, como espectadores, creemos ser libres y seguir nuestra intuición, pero la intuición es en gran medida tan sólo el almacén de nuestros prejuicios, nuestros hábitos mentales y los códigos que hemos interiorizado sin saberlo.
Por eso, cuando mis alumnos se encuentran un texto en el que no se define el sexo del protagonista, enseguida piensan que es un hombre y escriben un guión protagonizado por un hombre.
De algunos de los prejuicios o códigos aprendidos de la nararativa audiovisual, como el célebre mito del viaje del héroe, hablaré en el próximo capítulo.
Si quieres poner a prueba tu capacidad de distinguir una sonrisa falsa de una verdadera, pues visitar esta página de la BBC. Yo obtuve 17 aciertos sobre 20, tal vez porque, más que aplicar la intuición, empleé la observación: de haberme dejado llevar por la intuición, intuyo que seguramente habría obtenido un peor resultado.


